martes, 7 de junio de 2016

EL HIJO DE SAÚL de LÁSZLÓ NEMES (2015)


Es posible que muchos adjetivos puedan definir esta película, sin embargo el que mejor encaja y el que podría definirla completamente es asfixiante. El primer largometraje de Nemes se mete de lleno en la maquinaria de exterminio montada por los nazis durante la II Guerra Mundial. Por medio de un plano muy corto que va permanentemente siguiendo el rostro y la mirada de un solo personaje.

El protagonista no es otro que Saúl, un miembro de un Sonderkommando de Auschwitz. Los hombres que pertenecían a estos Sonderkommando vivían algo mejor que el resto de personas encerradas en los campos, pero a un alto precio. Ellos trabajaban sin descanso en las tareas más mortíferas, entre ellas: meter a la gente en las cámaras de gas, para después sacarlos, apilarlos y quemarlos. Las primeras escenas del film ponen los pelos de punta. 

El director es inteligente y sabe que hay cosas que es mejor no mostrarlas de frente, así que juega continuamente con el fuera de campo. Nunca he visto un uso tan magistral de éste. Mientras la cámara sigue a Saúl, podemos oír, y para nuestra desgracia también podemos atisbar ciertas cosas de fondo, desenfocadas... Los hechos más atroces se intuyen, realmente no es necesario que enseñe más, sin embargo esos detalles que percibimos de fondo te martillean los sentidos. Sin duda, es una forma sutil de representar lo que no se debería mostrar.


En medio de esta vorágine surge el empeño de Saúl de enterrar dignamente a un niño que encuentra en una de las cámaras de gas en la que está trabajando. Su obsesión llega a enajenarle por completo, haciendo que cada vez arriesgue más su corta vida (los miembros de los Sonderkommando eran metidos en las cámaras tras tres o cuatro meses de trabajo).

Esta historia está además enmarcada en un contexto concreto muy interesante y que tuvo lugar en 1944. En primer lugar, la toma de unas fotografías por parte de un miembro de un Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau. Estas fotos se conservan hoy en día y en ellas, entre otras cosas, se puede ver la quema de los cadáveres gaseados (escena que se recrea en el film). Por otra parte, está la rebelión de una de la unidad de trabajo del Crematorio 4, que ante la inminencia de su propia muerte, se amotinaron, atacaron a los SS, quemaron el crematorio y trataron de escapar (huelga decir que la mayoría no lo consiguió). Este hecho real sirve como hilo conductor de la película, unido a la obcecación de Saúl por enterrar al niño. 

En resumen, llenaros de paciencia antes de verla, y si tenéis algo de estomago mejor también. En cualquier caso, este film es brutal. El actor Géza Röhrig (Saúl) aguanta ese primer plano agobiante francamente bien, y el uso de la cámara con ese plano super cerrado es la elección más acertada que se podría haber tomado en una película de estas características. Simplemente brillante. 



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